Esas intervenciones que no usan fármacos


Cristina Buiza. Matia Fundazioa.

Cuando nos adentramos en el mundo de las llamadas “intervenciones no farmacológicas” para personas con demencia, uno tiene a veces la sensación de estar en una especie de mercadillo, en el que puede encontrar cualquier cosa, muchas de ellas sin relación alguna.

De hecho, bajo esta denominación se pueden encontrar intervenciones que utilizan herramientas tan diversas como animales, aromas, música, modificación de conducta, estimulación cognitiva,… Además, cada una de ellas puede perseguir objetivos muy distintos, como mejorar el sueño, disminuir la agitación, mejorar el bienestar, disminuir el dolor,…  y emplear muy diferentes metodologías para su aplicación. Para rizar el rizo, tampoco la población diana a la que van dirigidas es siempre la misma, siendo a veces las propias personas con demencia las receptoras de la intervención, pero en otras ocasiones van dirigidas a cuidadores o incluso a profesionales.

Cada vez más, este tipo de intervenciones está siguiendo unas metodologías de aplicación y de investigación rigurosas y demostrando las posibilidades que tienen de conseguir resultados.

Por lo tanto, las cuestiones  que nos vienen a la cabeza son ¿por qué se necesita tener un nombre común, que englobe a todas ellas? ¿no tienen suficiente entidad cada una por separado? ¿tiene sentido agrupar bajo un mismo paraguas a aproximaciones de intervención tan distintas?

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De los centros de día a el multiespacio de terapia y convivencia


Sergio Alarcón. Trabajador social. Neurovida

A lo largo de la historia, muchos han sido los escenarios que han vivido las personas mayores en España. No fue hasta la época de los 90 cuando se experimentó el auge de la planificación gerontológica. Es en esta época cuando cobra fuerza la idea de atender a las personas en su medio habitual y uno de los recursos que aparecen es el Centro de Día.

Hablamos de una sociedad paternalista, que orienta la concepción de la atención a las personas mayores al hogar y a la familia. Una sociedad donde la mujer todavía no se ha incorporado de pleno al mercado laboral y en donde la medicina gerontológica no ha dado el salto cualitativo y cuantitativo que experimentaría más adelante.

De esa realidad y ese modelo de atención hemos heredado  los centros de día, recursos sociosanitarios con un marcado carácter paternalista y asistencial; aunque fuese innovador entonces, vino a responder y responde más a una necesidad familiar (hacerse cargo de una persona) que a la necesidad de la propia persona.

El paradigma suponía que la persona iba y se adaptaba a lo que el recurso podía ofrecerle, quedando su voluntad relegada a un segundo e incluso a un tercer lugar ostentando la persona un estatus de mero cliente, paciente o usuario.

Esto es lo que hemos denominado Modelo de Atención Centrado en el Recurso, es decir, un modelo en el que la atención pivota y se desarrolla respecto al servicio prestado, relegando a la persona y a su familia a un segundo plano.

El recurso estrella de este modelo de atención centrado en el recurso es el centro de día, claro ejemplo de cómo la persona es sujeto pasivo del servicio, asumiendo tratamientos de usuario estándar y que relegan además a la familia al rol de espectador pasivo.

La sociedad avanza, las patologías y sus abordajes cambian y la realidad de las personas y sus necesidades se modifican. Y esto es lo que sucedió en España a partir de finales de la década de los 90 y con la entrada del nuevo siglo.

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