La hipótesis de la gerociencia


Rafael Castro Fuentes. Profesor Titular de Fisiología, Departamento de Ciencias Médicas Básicas, Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad de La Laguna. Contacto: jrcastro@ull.edu.es

En los 200.000 años de historia de los seres humanos modernos, nunca hemos vivido ni remotamente tanto a como lo hacemos hoy. La tasa de cambio en nuestra esperanza de vida ha sido impresionante. Durante los últimos 175 años, la edad media de muerte ha aumentado de manera constante unos 2,5 años por década, o 6 horas por día, entre los países con más larga vida (Oeppen y Vaupel, 2002).

Mientras que en la primera mitad del siglo XX, el aumento de la esperanza de vida fue impulsado principalmente por la reducción de la mortalidad infantil y de adultos jóvenes, más recientemente, los mayores avances se han hecho en la lucha contra las enfermedades posteriores de la vida.

Como consecuencia, los problemas de salud crónicos asociados  al envejecimiento, como la sarcopenia, la osteoporosis y la enfermedad de Alzheimer, que antes eran raros, se han vuelto ahora comunes.

A medida que la población mundial siga envejeciendo durante los próximos decenios, las enfermedades del envejecimiento amenazan con abrumar a nuestra infraestructura de salud, perturbar nuestra economía y, potencialmente, envenenar la relación entre generaciones.

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Afortunadamente, la comprensión de la biología básica e investigación de los mecanismos moleculares del envejecimiento ha progresado también rápidamente en los últimos décadas. Esto ha propiciado un cambio de paradigma a tal punto que, actualmente, podemos afirmar que el envejecimiento no es un proceso inalterable.

La investigación ha permitido alargar más allá de lo imaginable la vida de moscas, gusanos, ratones, y otros organismos, con distintas estrategias (Kaeberlein et al., 2015). Muchos de ellos, además, viven más tiempo con buena salud. Más tiempo jóvenes.

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